Por más que esté alegre o triste, las medidas que he tomado con la cinta métrica del espacio de mi taller, son siempre las mismas. Por más que un día he estado trabajando en un estado de ánimo eufórico u otro día me he sentido melancólico, no me puedo permitir cambiar mi método de trabajo que lo aplico desde hace veinte años:
1-Tengo una idea: reproduzco mi taller
2-No tengo ninguna idea: reproduzco mi taller
3-Tengo otra idea: reproduzco mi taller
Sin embargo, en mi nuevo taller Aula 209 del instituto Bernat Metge que he compartido con un equipo de 35 colaboradores, nos ha pasado que cuando estabamos trabajando nos llegaban múltiples estímulos externos, desde muchos canales diferentes y estratégicos, que nos mantuvieron constantemente alterados provocándonos continuos cambios de estados de ánimo. Este hecho desencadenó que las medidas que habíamos tomado de las paredes y de todo el espacio del taller se volvieran excesivamente emotivas. Desde entonces, nuestra actividad artística y el espacio del taller se convirtieron en un mismo contancioso homogéneo: una fusión entre el espacio de trabajo, arquitecturas humanas y estados de ánimo.
Es así que, en este nuevo contexto de irressistible seducción mediática, todo el grupo y cincuenta personas más estábamos immensamente alegres, sospechosamente demasiado estimulados, y este estado provocaba que no pudieramos parar de silbar, uno junto al otro, formábamos una arquitectura humana con la forma del taller Aula 209 en medio de la plaza Llibertat Ròdenas de Barcelona, pero de repente el enojo del colectivo, causado por alguna noticía desagradable, nos invadió: los gritos de un no rotundo a muchas situaciones nos contagió a todo el grupo.
Después de un rato un fuerte olor, seguramente la contaminación del aire, nos provocó mucha tos, tos inquieta y constante. Este hecho nos dejó en un malhumor que recorrió todo el taller. De repente éramos un centenar de voluntarios y voluntarias que no parábamos de toser.