Como ya hiciera en el trabajo Un Día Bravo, el realizador Iván Marino, vuelve a elaborar un ensayo visual centrando su mirada en torno a su tía Rosita Bravo, una mujer de avanzada edad que presenta síntomas de padecer algún tipo de demencia senil. En este caso Marino busca 5 localizaciones o situaciones diferentes en los que el sujeto en cuestión se presenta realizando una serie de actividades tales como comer, pasear o acariciar las cuentas de su rosario. En estas actividades presuntamente banales el autor logra encontrar y hacernos reflexionar sobre la locura, la precariedad física y los límites de la vida.
La cámara detallista del artista se posa sobre una serie de pormenores que consiguen infundir calor a lo que de otra manera sería un retrato frío o desapasionado, y el esmalte de las uñas de Rosita, su mirada extraviada, el balanceo de su mano al dejarse llevar en su silla de ruedas nos recuerda que tras ese rostro arrugado, existe una persona capaz de divertirse y emocionarse, empujando los confines de su vida a nuevos rincones y sensaciones.
Así con este interesante trabajo Marino no tan solo realiza un estudio sobre el ser humano sino que abre un sinfín de preguntas en torno al tiempo y su decurso, en torno a la vejez y la vida, en torno al mirador y el ser observado. Es por ello que con este trabajo el autor consigue tejer y consolidar una relación en ocasiones difícil pero sumamente estrecha con su tía que pese a parecer vivir ajena a su alrededor, de vez en cuando mira directamente a la cámara, orgullosa de sí misma y buscando la complicidad del realizador.
Al poco de grabar este trabajo Rosita Bravo falleció por lo que éste deviene un discreto monumento en su memoria.