La ventana de Mauro Entrialgo se convierte, como en algún referente cinematográfico clásico, en todo un observatorio de la vida cotidiana. De día y de noche, ya sean vecinos o transeúntes, el encuentro de las personas provoca fricciones en forma de enfrentamiento, provocación o fiesta, componiendo un mosaico de situaciones, acontecimientos y tramas que queda recogido por la cámara del autor.
Estas situaciones dispares, extraídas como si se tratase de muestras de un observatorio clínico del comportamiento humano, nos hablan de la complejidad de la convivencia, de la presión que ejerce un ámbito urbano hostil como el actual en nuestra conducta y de todos esos mundos paralelos que nos rozan en cada momento sin apenas darnos cuenta.
Editadas como partículas casi independientes, su intensidad va creciendo y compactándose en un paisaje exasperante que a veces estalla en una discusión de patio de vecinos o en una bronca callejera, pero que amaina de pronto cuando la cámara descubre un pequeño habitante en la maceta del vecino.
El signo rutinario de lo cotidiano se rompe aquí en mil pedazos para dar paso a una mirada oblicua sobre nuestra circunstancia social que nos habla a la vez de fragilidad y de violencia.
Más allá de una actitud voyeurista se diría que accedemos al trabajo de una cámara espectadora, expectante, con mirada propia, en la que se ha superado la intención vigilante en pos de un estudio de nuestro propio hábitat, con el único objetivo de intentar conocer algo mejor cómo somos.