Tal como sugiere su título, este vídeo describe un entorno urbano cotidianamente recorrido por el autor –el barrio de El Raval, en el casco viejo de Barcelona–, con la particularidad de hacerlo mediante una dinámica organización de signos: pintadas en abundancia, placas y códigos de señalización viaria, carteles y pegatinas, basuras y residuos diversos, las texturas de los muros y de la calzada, los dibujos geométricos en las losetas de las aceras… Se trata pues de un trayecto imaginario, aunque tan fiel a la realidad como podría serlo un documental, que se expresa mediante un ritmo de formas, colores, significantes… en connivencia con la música creada por Ramón González. Pero, como bien escribe el autor, su vídeo abraza además “el ritmo de las cosas, el ritmo de cada un@, el ritmo implícito de los espacios que habitamos”. Las huellas pasajeras que sus imágenes recogen dan testimonio de los hechos en el mundo, los cambios que afectan a un barrio con mucha historia, los latidos de una ciudad, las preocupaciones y exclamaciones de sus habitantes.
Cada día paso por aquí no es propiamente una obra de animación, aunque sus técnicas sí sean uno de los recursos manejados. Es más bien un trabajo de composición (“video compositing”) que parte de instantáneas y secuencias tomadas con una cámara fotográfica digital y trabajadas después con programas de edición y postproducción de vídeo. Es la primera obra de Raúl Arroyo, nacido en Sevilla en 1977 y afincado en Barcelona desde 2002, y en este sentido es admirable que sea una realización tan redonda a partir de unos recursos limitados y de una laboriosidad, un esmero visibles. Se nota, por otro lado, una experiencia previa en otras áreas de la creación gráfica y la animación.
Desde la cuenta atrás y los rótulos iniciales –también la careta del DVD–, todo queda incorporado, perfectamente integrado, en el estilo y contenido de la obra. El motivo conductor es la silueta animada del transeúnte anónimo –ideograma asociado al tránsito urbano–, al que en otros momentos se añade el vuelo de un pájaro dibujado o de una mariposa, o una hilera de hormigas en papeles recortados y alineados sobre el suelo. En su travesía, estos seres animados se cruzan con excrementos perrunos, jeringas abandonadas y otros desechos. Es también un recorrido por el museo sin muros y efímero del espacio urbano, con sus “décolllages” de carteles superpuestos y arrancados, sus rótulos, sus texturas contrapuestas… Y, sobre todo, los graffiti y las inscripciones interjectivas (“vota idiota”, “contemporary panic”, “odio engendra odio”, “moros al poder”…) que se refieren al hiperrealismo terrorista del 11-S, la Guerra de Iraq y el trío de las Azores, el temor al extranjero y la realidad vista como un videojuego.