Este es el segundo de los “heteroautorretatos” que Juan Crego ha dedicado a un apreciado amigo, Jon Andoni Goikoetxea, un “obrero de la poesía” que brega en las palabras-en-libertad de una lírica concreta, cósmica y reversista; o en los andamios de la polipoesía, por acudir a un término más generalizado. Es como un recital poético en el que se potencia el grano de la voz y la intensidad performativa, aparentemente en detrimento de la inteligibilidad de la palabra. Partiendo de unas lecturas/recitaciones para la cámara, grabadas en espacios abiertos, las tomas se estratifican, superponen y aglutinan de tal modo que la poesía de la palabra se decanta hacia la poesía sonora, y el retrato documental se disipa en la espesura de una concepción prismática y abstracta.
En el primer heteroautorretrato, fechado en 1989, el oficio del poeta también conocido como “Goiko” no era el aspecto más particularmente resaltado: más bien lo era su carácter cordial y campechano, de manera que el acercamiento al individuo retratado se revelaba íntimo y afectuoso; a contrapelo de las constricciones impuestas por la construcción formal y estocástica de la pieza. Crego aplicó ahí el procedimiento –también presente en otros de sus vídeos– de sobregrabar a ciegas partes de la cinta, solapando unas tomas con otras consecutivas en el tiempo, para lograr así una edición-en-cámara impremeditada, aleatoria. Una memoria volátil y desordenada, en la que se atropellan las grietas y recurrencias de las diversas secuencias grabadas.
En el segundo heteroautorretrato, realizado diez años más tarde, aquel principio estocástico ha sido sustituido por otras operaciones equivalentes al utilizar un programa de edición digital para reorganizar (desordenar, reordenar) las grabaciones de cámara. Al superponer unos clips sobre otros en distintas pistas, el solapamiento de las capas –también de manera un tanto arbitraria o según un azar controlado– juega además con la transparencia relativa asignada a las mismas, produciendo un denso flujo de sobreimpresiones, incrustaciones y texturas electrónicas, con una aturdidora polifonía de hasta cinco voces. Una memoria, un retrato cumulativo de diversos instantes y de relámpagos líricos yuxtapuestos.