El cuerpo de la mujer ha sido una constante en la historia del arte. Iván Marino se aproxima a lo físico del cuerpo, buscando cada detalle desde la cámara, recorriendo un cuerpo que se ofrece desnudo al espectador.
Una bailarina, Valentina Bordenave sirve de modelo a Iván Marino. Ella espera estoicamente la llegada de la cámara, sin moverse y manteniéndose de pie frente a una pared. Precedido por el poema Canto para matar a una culebra de Nicolás Guillén, un colgador situado en la pared nos muestra un vestido al aire; a su lado el cuerpo de la mujer no está cubierto. Casi como crucificada, la mujer tiene un clavo entre los dedos, sufre el viento así como la mirada directa y próxima de la cámara.
La cámara recorrerá todo el cuerpo, convirténdolo en algo casi abstracto, en carne, en piel, en fragmentos: un pezón, la boca, un dedo del pie... detalles físicos que, lejos de ofrecer un retrato global, nos muestran lo específico.
Si en otros trabajos de Iván Marino encontramos la relación entre lo físico y lo mental, en Letanías vemos lo físico con lo físico. También en blanco y negro como en Un día Bravo o en Sobre la Colonia, veremos en este caso aparecer el color al final (utilizando la misma técnica que en In the Death’s Dream Kingdom), cuando en un agujero de la pared surja el rojo de los ladrillos. Será entonces cuando lo físico del cuerpo de la mujer y lo físico de la pared entrarán en diálogo: la piel muestra el paso del tiempo, igual que la superfície de la pared, y la frialdad que externamente respira la modelo también esconde la carne roja que muestran los ladrillos de la pared.
Iván Marino utiliza el vídeo como un espacio de creación casi linguística sin necesidad de articular ninguna palabra, basándose en recursos cinematográficos clásicos y, al mismo tiempo, utilizando las últimas tecnologías digitales de post-producción.