En esta sorprendente obra, Teixidó parte de un género artístico clásico, el autorretrato, para realizar un sorprendente recorrido a través de la ficción y la realidad, la verosimilitud y lo posible, la imagen y el sonido, todo ello envuelto por el personal estilo de humor que tanto caracteriza a este inclasificable autor.
Como un mago que desvela sus trucos, el artista nos hace partícipes de la elaboración de algunos de los fragmentos que amalgamados configuran este trabajo, pero no por ello deja éste de ser menos sorprendente. Los límites de la percepción son puestos a trabajar, las ilusiones ópticas y los artificios tecnológicos son puestos a disposición de una reflexión en torno a la identidad, o en este caso, a la construcción identitaria.
Por ello en este trabajo vemos como se combinan fragmentos de animaciones, elaboraciones sonoras, actos performáticos y una imagenería muy personal, con los que progresivamente se va creando este peculiar autorretrato, o retrato de retratos. Y es que, si bien es verdad que en este trabajo Teixidó nos muestra algunos de sus recursos, esto no le pone en una situación más vulnerable, sino todo lo contrario, le vemos ejercer sus encantos visuales como un maestro de ceremonias que pasa de un escenario a otro utilizando una suerte de diferentes medios y registros para hacernos llegar su reflexión.
Desde la carta que se envía a si mismo con un sello con su propia efigie, a la imagen de su silueta contemplando un paisaje montañoso durante horas, pasando por un pase de su vestuario al completo, vemos que con este trabajo el artista tiene a su disposición una multitud de dispositivos visuales, que utiliza a su antojo y dependiendo de sus necesidades.
Sin duda esta es una de las obras más interesantes de este autor que en su obra ha sabido combinar la danza, la imagen y el sonido siempre de una forma humorística y personal.