De alguna manera ese toque de humor que aportan las videoacciones que, siempre en el contexto de su hogar, la artista Campanilla produce, nos remiten directamente a los juegos de infancia, cuando un rincón del dormitorio podía ser una selva llena de peligros, o un sofá el barco a punto de hundirse en mitad de un mar a rebosar de tiburones que amenazan con salir de la pantalla y devorarnos.
El Tecolote es precisamente eso, una maceta olvidada en tu balcón que, de repente, habla, canta, comunica, cobra vida. Una canción popular mexicana, una ranchera, nos llega tergiversada -más que versioneada-, desde una copia barata, representación cultural cutre de un souvenir, de un objeto de decoración producido en serie y de muy baja calidad. Unos mariachis con sombrero, guitarro y botella en mano hechos con conchas y que son, en realidad, dos amigos personales de la autora puestos a escenificar su propio disfrute y el goce de saber que esa tarde de un día cualquiera quedará recordada por siempre como otra cosa, algo más, gracias a ese toque de gracia que sólo Campanilla sabe dar a sus vídeos.
Con truco y con cartón, aquí ningún efecto se esconde, aquí las manipulaciones de la imagen están a plena vista y eso, paradójicamente nos hace más conscientes aún, de que algo hay en nuestro día a día que no se ve pero que ahí está, que la vida cotidiana no es como la pintan, ni como la vemos. La vida cotidiana, puede ser, si así lo queremos, un extraño juego donde nada realiza ya la función para lo que ha sido producido.
En serio, este vídeo es una broma. Una broma en serio.