El Adagio in G Minor de Tomaso Giovanni Albinoni sirve como soporte sonoro para unir y dar ritmo a una serie de imágenes capturadas de un campeonato de tiro. Los diferentes momentos de la música van dando la pauta dramática a distintas caras femeninas ataviadas con orejeras y parches en la cabeza. Una metáfora sobre el ser ensimismado, incomunicado, aislado entre los otros.
«La observación de las cosas necesarias para la pintura oriental por parte del artista consiste en una penetración total de la realidad invisible de las cosas, hasta que el latido del alma se identifica con el latido de la vida cósmica que todo lo penetra, sea grande o pequeño, orgánico o inorgánico. Esto sólo se consigue por medio de una concentración intensa de todas las potencias del alma… es decir, que la observación del mundo exterior al mismo tiempo es penetración en la interioridad del espíritu.» (Toshihiko Izutsu, “Hacia una filosofía del budismo zen”, p. 147-148 citado por Ana María Schlüter Rodés).
Juan Rayos abstrae en “6.48” la tensión concentrada previa que se produce entre distintos jóvenes competidoras al efectuar su acción. Aparentemente se trata de una competición de tiro de precisión (deducido por las posturas y orejeras), aunque soportan un objeto que ha desaparecido de la imagen (una nada que podría ser un arco, una escopeta, etc.) y, ni siquiera, aparece una diana o el objeto que observan tan intensa y concentradamente los personajes. Mediante imágenes desgajadas de una retrasmisión televisiva escoge los instantes clave del torneo condensando el ejercicio en la inactividad del recogimiento sin un antes o un después. Ralentizadas, y con sucesivos cortes a negro, se suceden retratos en el momento de ojeo, esperando expectantes, inmediatamente antes de su turno para lanzar.
Una acción performativa grupal que al ser extraída de su realidad, de su contexto, aparecen las personas y sus tensiones cotidianas. De este modo sus relaciones, construidas por el montaje, se convierten en un drama en el que disputan, piensan y no hablan, en el que no establecen confianzas ni confidencias. Toda la fuerza y pensamiento proyectados en un punto. Interiorizando los elementos en juego, el movimiento, la tensión, la consciencia buscando la perfección. Tratando de sentirse a sí mismo en ese objetivo fuera de si.
Juan Rayos demuestra que manipulando la imagen apropiada, abstrayéndola del acontecimiento, es posible acceder a la esencia de la acción. El espíritu zen fluye de este sincero trabajo. Una placidez tirante compensada por su sencillez al captar el instante preciso del razonamiento interior, ceremonial, de cuando se encara algo.
Música: Tomaso Giovanni Albinoni, “Adagio in G Minor”