Dos policías de espaldas, en plano fijo, hablan acerca de un hombre sentado frente a ellos detrás de una mesa. Ambos recapitulan el extraño caso de identificación del sospechoso mientras esperan a que aparezca el nuevo comisario.
Ante el papel en blanco las figuras apenas se mueven, ni cambia el encuadre. Dos tipos recitan un informe, aclarando los datos mutuamente. Ambas declaraciones van derivando entre el sospechoso, que no es normal, y el comisario, que no aparece. La descripción del caso, a cada frase, se va enrareciendo aún más. Una enumeración de características sin rumbo cuya indefinición viene dada por unos datos que parecen sacados de multitud de películas de serie B. No existe un retrato evidente del ser al que hacen referencia constantemente. Da la sensación de que los dos narradores, investigadores, no han tenido la destreza adecuada para afrontar el caso y se están justificando, hasta el punto de despreciar, sin base, al comisario que esperan.
Prácticamente estáticos, y sólo con el diálogo, los personajes hacen frente una odisea paranormal, espeluznante y cargada de humor negro, en busca del misterioso sospechoso. Enredando con las palabras y la memoria del espectador Alberto González Vázquez pone en juego monstruosas expectativas en el relato. En su capacidad para asombrar y superarse consigue que la atención divague entre imágenes mentales haciendo anhelar una continuación, o resolución del caso (al menos ver al engendro que describen), pero la solución se sale por la tangente. En la realidad dislocada de Alberto González Vázquez nada sucede como se espera. La narración pierde toda su lógica y sitúa al espectador en un abismo obligándole a volver a ver.