A partir de una disertación, con dibujo animado en flash, sobre la figura del director de cine Alejandro Amenábar se da una visión crítica del cine y de la pose fingida utilizando tópicos de las películas de género.
Desde el lejano oriente, Amenábar amenaza. Su propaganda a favor de la eutanasia acaba afectándole y sobrepasándole, al ofrecer a cualquiera una muerte dulce (aunque no es gay, sólo es un truco). Con humor ácido Alberto González Vázquez elabora una barroca ficción sobre la fama y la perversión que tiene ésta en los individuos.
La descalificación de un personaje público, «elegí a Amenábar por una coña con mi hermana», le permite poner en duda la sinceridad o bondad aparente de quien se muestra constantemente en los medios de comunicación, otorgándole al autor la oportunidad de desarrollar motivaciones y acciones para su personaje en multitud de variaciones a través deslizamientos del pasado del mismo. Amenábar aparece con un comportamiento huidizo, agresivo y provocador cuya frustración transforma a la muerte como el mayor regalo de amor… Situaciones híbridas e inciertas, motivaciones aleatorias y una identidad heterogénea hacen pasar al personaje de Amenábar de ser un pardillo a un violento ninja por la gracia de la eutanasia.
La burla viene de lejos, desde su anterior trabajo “Un día con Amenábar”, en el que se presentaba al director de cine como un engreído alelado obsesionado con su musa Nicole Kidman. En esta ocasión aparenta el personaje una mayor entereza al aparecer practicando artes marciales con una esvástica tatuada en su torso. Un testimonio paródico que se va transformando en un violento thriller carcelario. Desde la luna cortada de Buñuel hasta la estética yakuza/nazi del comienzo de la cinta, va desgranando situaciones tópicas del cine hasta el absurdo.